Todos los días los comenzamos despidiéndonos de la vida y aquel día gota a gota
caía la morfina hasta llegar a ella, causante de sus delirios creía yo, su cara estaba
decorada con una sonda nasogástrica, los días se empezaron a contar en sentido
contrario a la vida…
 ¡Apunta niña! Me dijo contundentemente. Yo siempre llevaba una agenda junto
con una pluma, y cómo si de una lista de la compra se tratase, apunté.

Detallaba cronológicamente los hechos de su vida, hechos que le hubiesen hecho
sentir bien y mal. Desde un día que, bajo el sol de aquel pueblo de Cuenca, empujó
a su mejor amiga por comerse un tomate directamente de la mata, si, esto no
tendría significado ni sentido, y tampoco lo tendría como vivía sus experiencias en
su adolescencia por aquellas calles de Enguídanos. Ni siquiera lo desolada que
quedó tras su viudez, o cuando cambió el pueblo por la ciudad. Nada de todo esto
tendría valor … hasta que añadió: Niña, quiero un buen morir ¡Pronto me iré!
Yo no caí en esas palabras, no me mimeticé con la frase hasta pasados unos
minutos. Mi mano empezó a temblar.

Dejó palabras para personas que habían estado en su vida: padres, amigas, hijos y nietos. Palabras que ella necesitaba expresar, y a mí, a mí me dejó; ¡saber dejar ir sin dolor! 
Mi abuela tenía la necesidad de decir que se iba de aquí, de vivir esos últimos
instantes, necesitaba que alguien la creyera y cumpliera sus últimos momentos
vividos.

Ahí empecé a desarrollar “El buen morir “. Me especialicé después de su ausencia
física, en acompañante de duelo, en enfermos terminales, en buscar más allá de lo
que vemos.
Entendí que tanto paciente como pariente necesitan hacer un trío con la muerte,
decirse lo que se aman, lo que se reprochan, lo que queda pendiente, necesitan
decirse hoy te amo, mañana ya te lloraré.

He visto jóvenes, ancianos y familiares míos con ganas de poder abrazar ese adiós
con todo dicho; y familiares aferrados a un dolor anticipado a el momento preciso.
Nos auto enseñamos a saber actuar en el desapego, en el control con cierto
descontrol, pero no nos preocupamos en sabernos despedir desde la realidad,
rompiendo silencios absurdos en las camas, lloros en pasillos de hospital,
habitaciones a oscuras junto con susurros ahogados en lágrimas. Olvidando que
mientras hayan minutos de vida hay palabras que se pueden decir más allá de los
oídos dormidos de quién se va. Abrazar a ese cuerpo en los últimos instantes,
decirle gracias, perder por un momento el dolor que nos va a causar esa marcha y
sumergimos en lo real que puede ser ese adiós…dar un buen morir es parte de un
buen vivir.

Meram Luján

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