Emprender a los 52

Emprender a los 52

Me llamo Miguel y tengo 52 años. Agradeciendo la oportunidad que me brinda este fantástico equipo de Asnie intentaré plasmar en estas líneas en que punto me encuentro en estos momentos de mi vida,mis metas,propósitos,inquietudes,valores. 

Son momentos complicados en general por esta interminable pandemia que estamos viviendo pero es justo esta situación la que hace plantearse a uno mismo donde quiere ir,en el confinamiento creo que las palabras que más escuché fueron reinventarse (y en eso estamos) emprender. Lo que en otro tiempo me parecía algo destinado a otros hoy me parece algo más que posible y cuanto menos casi que necesario; y cuando digo necesario me refiero a mi,obviamente,como digo tengo 52 años,con una situación laboral inestable,siempre pendiente de una llamada,por no decir que a partir de cierta edad es más complicado que te llamen de los sitios. Espero que en un futuro no muy lejano el curriculum vitae pase a mejor vida,que la edad y los conocimientos no sean lo más importante,que primen los valores. No es lo que eres, es quien eres. He podido comprobar en persona que saber quien eres,lo que quieres,valorarte,quererte,agradecer,te allana mucho el camino en cualquier faceta de la vida. 

Volviendo al tema de emprender,tampoco podemos esperar que el gobierno de turno se haga cargo de nosotros,en ese sentido el futuro es un poco incierto,hay que hacerse cargo de uno mismo,con todas las consecuencias. En los últimos meses he aprendido mucho, entre otras cosas a tomar decisiones. Esto era algo que me costaba un mundo y es algo liberador,dejar de ser un mero espectador y pasar a tomar las riendas de tu vida,así que aquí me tenéis con 52 años,había dicho la edad ya ¿no? haciendo un máster de algo que hasta hace poco me sonaba a chino, Optimizer Manager,que es básicamente ser un experto en Google posicionando mediante una estrategia SEO a pequeñas y medianas empresas para que tengan mayor visibilidad en Internet. Prácticamente en este sentido parto de cero,o sin él prácticamente,pero es un proyecto que me ilusiona y me motiva y al que realmente me gustaría dedicarme,y digo dedicarme y no trabajar, porque cuando me pregunten de qué trabajo diré que no trabajo de nada,que me dedico a…,que dentro de un tiempo pueda decir que me dedico a ayudar a negocios, que sean más visibles,que vendan más y en definitiva que no tengan que cerrar. Esta es la razón por la que el proyecto me llamó la atención,porque compartimos valores en cuanto a honestidad,compromiso,confianza,pasión. Qué mejor manera de ganarse la vida que haciendo algo que te gusta y que te da la oportunidad de cada dia crecer,aprender,ayudar,aportar,poder crear mi realidad personal y económica y emprender.

Bueno, quizá esta palabra ahora mismo me está un poco grande, no lo sé, lo que si se es donde quiero estar dentro de cuatro meses, dentro de un año, y eso, de momento, a mi me vale…quiero terminar con una frase que me acompaña todos los días…”Si crees en tus sueños tus sueños creerán en ti”.  

Miguel Angel De Vega

Influencers emocionales

Influencers emocionales

Nadie da de lo que no tiene, dice el refrán popular. Nadie puede enseñar matemáticas si no sabe matemáticas, o ruso, sino ha estudiado ese idioma. Del mismo modo, para enseñar a nuestros alumnos inteligencia emocional, debemos formarnos en la materia.  Y mucho me temo que la gran mayoría de los docentes que están ahora mismo en las aulas, no han sido formados en una materia tan sensible y necesaria hoy en día.

¿Cómo vamos a captar las emociones de nuestros alumnos, si no reconocemos las nuestras? ¿Seremos capaces de aconsejar sobre la forma de encauzar la pasión, la ira, la tristeza… si nadie nos lo ha explicado? La vida enseña, desde luego, pero la “materia” que tenemos entre manos es altamente sensible como para tomárnosla en serio.

Los alumnos nos miran, nos examinan, nos evalúan… podemos ser para ellos docentes influencers, que dejan huella o docentes a olvidar para el resto de sus vidas. Ojalá seamos de los primeros, de los docentes influencers emocionales que conlleva el ser un profesor empático, cercano, que se hace cargo de los problemas de sus alumnos, de sus ilusiones, miedos y alegrías. 

Nadie da de lo que no tiene. Si un profesor no se forma en inteligencia emocional, difícilmente será capaz de detectar las emociones de sus alumnos. Por eso es importante que además de aprender matemáticas, lengua, historia o ciencias naturales, para poder ser docentes y dar clase a nuestros futuros alumnos, seamos responsables y nos formemos en inteligencia emocional para poder llegar a comprender mejor a las 20-30 personas que tenemos delante todos los días. Y sobre todo para poder ayudarles a tener éxito en la vida y ser felices.

Son muchas ya las investigaciones que nos confirman que la clave para el éxito en la vida es la inteligencia emocional, el saber controlar y gestionar cada una de las situaciones que se nos presentan cada día y saber reaccionar de forma adecuada en cada momento. Tanto para una buena socialización como una satisfactoria adaptación al medio, el desarrollo de las emociones es fundamental. Igualmente, para el bienestar psicológico de los niños y de su entorno, es necesario llevar a cabo una educación en Inteligencia emocional. Y para ello la escuela es un buen entorno para poderla llevar a cabo.

Los alumnos disfrutan más en el aula cuando el profesorado sabe educar emocionalmente, les es más fácil afianzar su propia autoestima y suelen tener un mejor rendimiento académico. Son más creativos y felices. Beneficia su salud psíquica y ayuda a tener menos conflictos interpersonales. 

Nos jugamos mucho, si no nos tomamos en serio el convertirnos en “Influencers emocionales” de nuestros alumnos ¿nos lo podemos permitir?

Roseta Rodrigo
¡SOY VULNERABLE!

¡SOY VULNERABLE!

¡Sí, soy vulnerable!

Asumo y acepto que soy vulnerable, ¿y qué?, soy humana, y ello conlleva que cometa errores, que hago cosas bien y otras no tan bien. Y además, soy sensible y me afectan ciertos comentarios o comportamientos, que a otras personas les puede parecer sin importancia e incluso “ridículos”, sí y digo bien “ridículos” porque durante un tiempo en una etapa de mi vida me decían eso: “es que eres una ridícula”, pues si, también lo soy y soy muchas más cosas. Si eso sirve para poner límites y decirle a los demás que no lo voy a permitir o simplemente que eso a mí no me gusta me sentiré satisfecha. 

Porque… ¡Basta ya! ¡Ya está bien de escondernos! Sí, los que nos sentimos vulnerables ante la sociedad, nos escondemos y como no nos sentimos apoyados, comprendidos, respetados e incluso queridos, no lo mostramos, pero yo ya he dicho ¡basta! Por mi y por toda aquella persona que se sienta identificada conmigo. Igual que nosotros podemos aceptar otro tipo de personalidades, aún sin gustarnos, también pueden aceptar los demás que a las personas vulnerables les molestes o afecten ciertos tipos de comportamiento y comentarios, y yo no quiero callarme “por mí y por todos mis compañeros”, como cuando éramos niños y jugábamos al escondite, salvando a los demás. Para mí ya no se vale esconderse, ahora que cada cual actúe según se sienta más cómoda o cómodo.

También estoy aprendiendo a valorarme yo, a quererme, a cuidarme, a respetarme y a aceptarme tal como soy, lo que realmente importa es lo que cada uno piense de sí mismo.

Las personas vulnerables también somos merecedoras de todo lo bueno que nos pasa, en esta sociedad hay muchas mujeres y hombres que tienen éxito en su vida, con buenos trabajos, con un buen salario y de cara a la galería se muestran fuertes, con carácter, eficientes, buenos profesionales pero que una vez entran en sus casas y cierran la puerta, se quitan sus trajes y tacones, hay otro mundo en el que están los miedos, las inseguridades, sentimientos encontrados, vergüenza, insatisfacción por el que sufres mucho, pero yo he dicho ¡basta! Y a partir de ahora me voy a permitir ser YO MISMA Y SÍ SOY VULNERABLE.

BIENVENIDOS A MI MUNDO INTERIOR.

Rosario González Labrador
El teletrabajo y las emociones

El teletrabajo y las emociones

La famosa frase: “El teletrabajo es un desafío que llegó para quedarse” es tan cierta como la emocionalidad que lo ha acompañado. 

Hemos ido evolucionando, el ser humano en las últimas décadas ha aumentado su capacidad para manejarse ante los cambios tecnológicos e innovadores, sin embargo, lo que ha sucedido desde principios del 2020 a hasta la fecha, nos ha “movido literalmente el piso”.  

Para los que ya tenían la tarea hecha, aquellos que ya venían practicando el home office, no los tomó tan desprevenidos, pero para una gran mayoría ha sido una montaña rusa de emociones. 

El marcar distancia entre el espacio laboral y el espacio personal, es fundamental para el bienestar, necesitamos que nuestro cuerpo y mente sientan esa diferencia, entonces, ¿Qué pasa cuando no hay separación? 

Definitivamente comienzan a aparecer reacciones, como mecanismos para afrontar esa nueva realidad, en muchos casos, en forma inadecuada, lo que ha afectado considerablemente los estados de ánimo, salud, productividad y relaciones con la familia y compañeros de trabajo.

Surge entonces la necesidad de tener momentos de autoconciencia y reflexión, ¿Qué emociones han estado en juego?, ¿Cuándo, dónde y en compañía de quién aparecen?, ¿Dónde siento esa emoción, en qué parte de mi cuerpo?, ¿Cómo se manifiesta? Con esto, damos el primer paso de reconocimiento sobre aquellos aspectos que nos inspiran y los que nos anulan o afectan. 

Una buena gestión empresarial, debe comenzar por conocer la emocionalidad de sus equipos, cómo han fluido y evolucionado desde el inicio de la pandemia hasta ahora y cuáles son las estrategias de apoyo y seguimiento que han puesto en práctica para su bienestar pleno. 

El miedo, la incertidumbre, la tristeza han estado presentes en todos los integrantes, de allí que, la transparencia y sinceridad con la que los líderes asuman sus emociones ante sus colaboradores los humanizará y abonará el camino hacia una relación empática. 

Hoy más que nunca es necesaria una supervisión cercana, genuina, tolerante y comprensiva y no solo en los aspectos de rendimiento laboral, sino en la generación de espacios, donde las personas puedan expresar su sentir, y así, en forma conjunta, reconocer esas emociones y gestionarlas en forma individual y grupal.

Lo anterior redundará en la motivación y engagement del empleado con la empresa, y por ende en la productividad y rentabilidad. 

Las empresas han establecido estrategias de apoyo a sus empleados con equipos, software, materiales, conexión a internet, mobiliario entre otros. Sin embargo, para manejar esas situaciones que nos agobian, que generan un gran estrés y que nos hacen sentir inútiles, poco productivos y sin control, tenemos que asumir la responsabilidad y el compromiso de procurar nuestro bienestar físico, mental y emocional.

  • Contar con un espacio único para el trabajo, que sintamos parte de nosotros, ordenado y sobre todo que sea confortable y con detalles que nos conecten en positivo. 
  • Establecer hábitos, rutinas, horarios, en los que consideremos no solo la agenda laboral, de reuniones y tareas, también las pausas activas, tiempo con la familia, el entretenimiento y crecimiento personal.
  • Conciencia plena.  Una cosa a la vez.
  • Movimiento corporal a través de: ejercicio, yoga, deportes.
  • Propiciar momentos de meditación y reflexión. 
  • Mantener un descanso y alimentación adecuados.
  • Generar fuertes conexiones con amigos y familia. 

¿Qué lograremos? Tranquilidad, sensación de control, sanidad, gestión adecuada de las emociones y pensamientos abiertos que fortalecerán nuestra autoestima, nos harán sentir motivados, creativos y en plenitud.

“Las crisis son oportunidades disfrazadas…” Hay que vivirlas, sentirlas y aprender de ellas.

Ana Rosa Negrin 

FATIGA [EMOCIONAL] PANDÉMICA

El término Fatiga Pandémica ha sido definido inicialmente por la OMS como “el estado de agotamiento psicológico por las restricciones y precauciones que se recomienda adoptar durante una pandemia”, orientando esta definición como argumento para justificar “una desmotivación para seguir las conductas recomendadas” produciéndose, por lo tanto, un aumento de los contagios.

No obstante, según un estudio reciente  presentado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) tras un año de pandemia, un 6,4% de la población ha buscado ayuda en un profesional de la salud mental, indicando que un 43,7% refería problemas de ansiedad y un 35,5% de depresión, siendo un total del 5,8% de la población los que han recibido tratamiento psicofarmacológico (un 77,1% lo sigue tomando en la actualidad). Además de estos síntomas, se observa un incremento de las conductas alimentarias disruptivas, de las adicciones en sus diferentes tipologías, en los casos de estrés postraumático y en los trastornos del sueño.

Esta misma realidad se observa a nivel mundial – un ejemplo sería Japón, donde el aumento de suicidios en más de un 15% ha provocado que se instaure la figura del Ministro de la Soledaddurante la pandemia – y, es por ello, que la OMS ha decidido reformular la definición de Fatiga Pandémica como “una reacción de agotamiento, que aparece de forma gradual en el tiempo, frente a una adversidad mantenida y no resuelta, que puede conducir a la alienación y a la desesperanza”.

Todos estos resultados están precipitando la aparición de algunas medidas estatales como manuales de estrategias de comunicación frente al COVID19 o documentos de reivindicación, por parte de diferentes organismos de la Salud Mental, solicitando un aumento de los recursos humanos disponibles.

Ahora bien, tras observar estos datos, cabría preguntarse: ¿Qué sentido tiene llevar el coche al taller después de no haber pasado la ITV en los 10 últimos años? Seguramente cuando me den la factura del taller pensaré que me hubiera salido más barato comprarme otro coche… Pues lo mismo pasa con nuestras emociones. Mucho se habla de las consecuencias clínicas que se han observado pero poco del proceso interno que las ha causado. 

Antes de iniciarse esta pandemia, estábamos acostumbrados a ir a golpe de agenda, a un ritmo frenético de “tengo que” y de obligaciones reales o autoimpuestas que nos llevaban a caer rendidos en el sofá al terminar el día con un sonoro “¡aghhhhh, no puedo más! ¿Qué hay de bueno en la tele?”. Pero claro, llegó el COVID19, se cerraron muchas agendas y los “tengo que” se limitaron a sacar al perro, la basura y comprar papel higiénico un día a la semana. ¿Y qué nos quedó? ¡Nosotros mismos! Con nuestros pensamientos y nuestras emociones. Por fin había tiempo para escuchar a nuestra mente y sentirla en nuestro cuerpo y, claro, con ello descubrimos a algunos de nuestros monstruos, unos más simpáticos que otros. Y no, no podemos comprar nuevas emociones como si fuera un coche aunque, a menudo, el precio a pagar sea más elevado que el de un taller.

Desde pequeños nos han enseñado a leer, escribir, multiplicar, dividir… ¡hasta a pintar sin salirnos de la línea! Pero no nos han educado para saber reconocer y gestionar las emociones propias e identificarlas en los demás. ¿Quién me ayuda a conocer mi propia línea emocional y no dejar que me salga? ¡Pues ahí es donde cobra importancia educar en inteligencia emocional!

Daniel Goleman define la Inteligencia Emocional (IE), de forma genérica, como la capacidad de entender las emociones ajenas, comprender las nuestras propias y gestionar nuestros estados sentimentales. ¿Suena útil, verdad? ¡Y así es! No sólo en nosotros mismos sino en nuestras relaciones familiares, laborales, como docentes, como líderes de un equipo… Cada uno de nosotros podemos fomentar el aprendizaje de estas habilidades desde cualquier ámbito de actuación y, por suerte, son cada vez más los profesionales cualificados que están influyendo en las diversas áreas, mostrando los múltiples beneficios de la IE y cómo aplicarlos. Sin embargo,  al igual que temas como la violencia de género, las adicciones, etc. tienen un papel cada vez más visible dentro del calendario docente, la Inteligencia Emocional debería adquirir mayor protagonismo curricular para forjar la gestión emocional desde la infancia. Esperemos que esta pandemia sirva para visibilizar esta necesidad, que no tengamos que llegar a adultos con nuestros monstruos sin antes haber aprendido a abrazarlos.

Ana Navarro Martí.

Licenciada en Psicología y Máster en Psicología Positiva Aplicada

¿Qué tienen en común Albert Einstein, Joanne Rowling y Thomas Edison?

¿Qué tienen en común Albert Einstein, Joanne Rowling y Thomas Edison?

Además de ser personas conocidas por sus logros tienen en su pasado un factor común: su fracaso escolar. 

Parece incomprensible cómo el mayor científico de todos los tiempos, la escritora de la popular saga “Harry Potter” y el reconocido inventor de la bombilla pudieran sacar malas notas en su etapa escolar.  

Nos pasamos años de nuestra vida entrenando la parte del cerebro más racional, sin embargo, más del 70% de nuestra energía cerebral se encuentra en la parte emocional. En esa parte que no aparece en el boletín de notas, que no está en el curriculum académico y que parece que no sea tan importante. Sin embargo, para enseñar hay que emocionar. 

¿Qué hubiera pasado si estas tres personas desde bien pequeños hubieran trabajado desde la escuela la inteligencia emocional? ¿Cómo habría sido su infancia? Seguramente, habría sido una etapa en la que habría fluido la creatividad, el autoconocimiento y la motivación. De lo que no tengo ninguna duda es que fuera como fuese su infancia, en su etapa adulta tuvieron algo muy valioso: su actitud.  Esa actitud de no rendirse, de seguir luchando y de creer en ellos mismos. 

Plantearnos en la actualidad un nuevo tipo de enseñanza donde la base de esta se encuentre en la inteligencia emocional sería un gran cambio en la sociedad. Se podría trabajar de forma transversal en todas las áreas y, además, tenerla como asignatura. De este modo, potenciaríamos en el alumnado sus habilidades sociales, la creatividad, la gestión emocional, la motivación y el autoconocimiento.  Terminando así la etapa educativa secundaria obligatoria conociéndose a sí mismos, habiéndose hecho preguntas, sabiendo cuáles son sus fortalezas y sus sueños, y qué caminos son necesarios para alcanzarlos. 

Los tiempos están cambiando y la educación tiene que cambiar con esta e incluir, sin duda, la inteligencia emocional.

Noelia Cánovas Pérez

Diplomada en Magisterio de educación primaria. Máster en prevención e intervención psicológica de problemas de conducta en la escuela. Cofundadora de “Es tu actitud”

Ha sido un placer compartir este articulo con vosotros y vosotras. Si quieres, puedes buscarme en mis redes sociales. Será un placer seguir en contacto. Un saludo.

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